miércoles, 12 de marzo de 2014

3600 tic-tacs

Recogía flores que echarme a la cara para que mi alma viese un poco de color. Me conformaba con los destellos del sol que formaban la sombra de los pétalos en el suelo, me aliviaban las ganas de alegrarme que ofrecían estos cuando al mirarlos, sentía mis pupilas como ellos, y florecía con prudencia aquel destello en mi interior. Dejando en la sombra a mis penas. Y así, los pétalos de la flor que miraba, pudiesen fijarse también en los resquicios de felicidad que había en mi alma por su belleza, y en los destellos de esperanza que gracias a ella tenía. 

A veces ni las flores que recogía, ni los destellos de los días más soleados, conseguían ensombrecer la noche, paisaje principal en la película de mi presente, que se reproducía de manera en que los segundos se encontraban a las puertas del tiempo, y uno dejaba pasar al otro, y viceversa, y así, no se decidían a entrar, y parecía que nunca pasaban, y si lo hacían, llegaban a una habitación sin luna, sin estrellas, sin nada que ilumine la forma de las baldosas del suelo, las cortinas de aquel cuarto, a uno mismo. Pero entonces, de alguna manera, conseguía ver tu imagen, y no me preguntes cómo, pero así, el tiempo pasaba más rápido, hasta que los segundos se convertían en minutos, los minutos en horas y las horas, en un pedazo de tu recuerdo que se esfumaba en la oscuridad como el vaho de tu boca en las noches frías que pasamos, con la única diferencia, de que esta vez no habían lunas que se reflejaran en tu sonrisa.

 Y así, sin darme cuenta, recogiendo flores, recordándote en las sombras de sus pétalos, allá en ese cuarto oscuro donde pasaban los segundos con retraso de 3600 tic-tacs del reloj, donde no había luz y donde solo se encontraba tu recuerdo, se esfumó.

Hoy, ese cuarto quedó vacío, y sin haber luz en él. No me importa que no hayan estrellas, lunas o destellos. Ahora, utilizo ese cuarto solo para sentarme y contarte, como acabó contigo el tiempo, y si te escribo, ya no es a ti, sino al cemento de las paredes que le dan forma, pues no hay bestia más grande que él, que ha conseguido que donde antes estaban ensombrecidas las oscuridades de mi alma, ahora pueda ver la sombra de las flores que recojo en días en los que el sol, más que destellos de esperanza, me los da de inspiración.

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