Hace dos noches, o hace dos sueños, no acabo de aclararme, me vino una imagen a la cabeza, y desde entonces, no he sido capaz arrancarla de mis pensamientos sin deformarla. He buscado cientos de veces el camino por el que podría hacer que de mi mente saliese, pero, como en una mudanza, no cabía trasto tan grande como esa imagen por la puerta. Ni por la ventana. A veces, cuando creía que al fin conseguía trasladar aquel bártulo, me daba cuenta de que una de sus esquinas golpeaba con el marco de mi ingenio, e incapaz, volvía a rendirme. Desgraciadamente, todavía hoy sigo sin saber como sacar aquello de mi cabeza, y así, del reino de las calamidades eso que trataba de escribir no conseguía. Una y otra vez lo intentaba. Una y otra vez fracasaba. Cansado ya de tantos inútiles intentos, vi como la imagen escapaba con una facilidad majestuosa, pero yo, con sumo cuidado, temiendo que la fragilidad de aquello que descansaba en mi cabeza esperando que yo le ayudase a ver rayos de sol, o nubes grises, o lo que fuere que en el lienzo del cielo había pintado en ese instante, traté de sostenerlo un poco más, pues sabía que si no era hoy, sería mañana, cuan lograría al fin que Céfiro y sus vientos de la primavera, me llevasen al encuentro con las nueve hijas de Zeus y que, con un poco de suerte, consiguiese que a mis palabras las tocara Erato antes que Talia, y así, transformase aquella imagen en poesía divina.
Hoy, tras larga espera, nadie a venido a salvar esos versos que nacidos prematuros, han muerto en mis pensamientos. Como humo. Se desvanecen y lloro. No suelto ni una lágrima por ellos, pero me acongojo y sufro, pues, la tinta de mi bolígrafo cuando salga, ya no dará a luz al hijo que yo esperaba, sino a otros versos fúnebres que serán el recuerdo de aquel intento de poesía que un día fracasó, y que ahora, ya muerto, ampara nuevos versos ya no tristes por ser simplemente aquello que son, sino porque sepultan y aseveran que un día, dieron la espalda los Dioses a mi poesía.
Para mi sorpresa, como si rectificando estos su indiferencia ante mi espera de su ayuda, hacen que de las olas de los mares de inspiración en los que naufragué durante días, aparezca Afrodita y de su belleza, se nutran mis palabras, salvando así del asfixiante y aciago destino que nuevamente esperaba, a la maldita y funesta idea de que no consiguiera sacar de mi mente algún verso que aunque efímero ante vuestros ojos, fuera inmortal en el papel.
Cruel y afanoso,
infinito y eterno,
ímprobo y fatigoso.
Maldito camino
recorrido por poetas,
por emprendedores de versos,
esclavos de tan difícil empresa,
que sin pena ni gloria,
rescatan versos de la misericordia
de los Dioses divinos
que nos brindan un verso cruel,
triste y demacrado ya,
por las heridas que señalan
como un día lo recorrimos.
Cruel, afanoso,
ímprobo, fatigoso,
en el que gracias a las limosnas
de los misericordiosos,
consigo un nuevo verso,
eterno e infinito.
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