¿Aun seré tan miserable que ni si quiera seré capaz de aceptar un regalo de Dios? Dudo tanto de mi fe en la vida como en la muerte, penosa indecisión que me abraza. Me acecha el miedo a equivocarme y me empuja a una catarata de incertidumbre con una caída inevitable, pues mis fuerzas por seguir en pie, por correr entre mis miedos y mis recuerdos atravesando los matojos del fracaso, por cumplir aunque sea mi último deseo y comenzar una nueva vida allá en lo que llaman muerte, allá en lo que llamo suerte, se asfixian por el cansancio de una vida de decepciones y lágrimas, que más que lágrimas son pedazos de un alma que tirita por el frío de una nocturna atmósfera.
Así, más miserable que hace un par de pensamientos, sigo intoxicándome de vida y soñando con respirar una muerte permanente, en la que no lata mi corazón, pero se oxigene mi alma. Ahora ÉL retuerce mi deseo y lo transforma en vergüenza. Mi sangre recorre el destino de aquella catarata y se ahoga con el tiempo. Descanso en un universo de finales, y paciente con los días, espero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario