Todo comenzó cuando menos te lo esperas, en uno de esos días que te despiertas pensando que iba a ser un día cualquiera sin la menor sospecha en tu cabeza de que ese mismo día ibas a encontrar a la persona con la que compartir el resto de tu vida, con la persona que le iba a dar un rumbo a tu mirada y una razón a tu sonrisa, con la persona que ibas a amar para siempre y como nunca.
Yo me desperté como siempre, me preparé mi desayuno medio dormido aun, en la lucha de mis párpados por cerrarse con la de mi cerebro por abrirlos, y me dispuse a vestirme, no me pregunten por que, pero ese día decidí coger mi peor prenda, supongo que era consecuencia de no haber dormido mucho la noche anterior, por haber estado pensando en la soledad que me invadía y en la ausencia de felicidad que se respiraba en el aire de mi piso individual en el que no había hueco más que para la basura que se acumulaba bajo el sofá-cama en el que dormía mi dolor de espalda y yo. Y así salí a la calle, con la camisa blanca y arrugada que odiaba por lo larga que me quedaba y lo gordo que me hacía parecer pero que ese día me pareció la más cómoda prenda de ropa inventada, y ese pantalón negro con el vuelto pendiente por subir y que iba siendo pisado en cada paso que daba por mis zapatos marrones que en algún momento fueron posiblemente blancos, no lo recuerdo, la verdad, es que nunca he sido de comprar mucha ropa, vivo con la mentalidad de que el amor es ciego, y ligar por ligar nunca me hizo gracia, ni los vasos vacíos sacian la sed, ni los besos sin amor iban a saciar mi corazón. Yo tras haberme despertado tan temprano, pensarán que me desperté para ir a trabajar, típico, pero no, yo no iba a trabajar, iba a hacer algo mucho más odioso, a seguir repartiendo currículums por todas y cada una de las tiendas que veía. Ya era la segunda semana que pasaba por esa calle, había dejado un currículum cada día bajo la puerta de cada una de esas tiendas que aun estaban por abrir, supongo que quizás con insistencia, conseguiría que me llamasen, si no era para darme el trabajo o hacerme una entrevista, al menos para echarme la bronca por tanta insistencia, lo que importaba era que así tendría un poco de contacto humano. Iba echándolos por debajo de la puerta de cada humilde tiendita de esas calles desiertas a las 5:30am que eran, no sabía por qué salía tan temprano a repartir currículums, pero tampoco sabía por qué no hacerlo, al fin y al cabo la cara no me iba a dar el trabajo, y si me lo diese, ahí estaba mi foto para que no hubiera duda alguna de que era una persona quien insistia tanto con currículums día tras día, hasta que en una de las tienditas se abrió la puerta justo cuando me agachaba a deslizar mi currículum por la rendija y vi esos pies, esos pies que no olvidaré jamás, que tan importantes se iban a hacer en mi vida aun yo sin imaginarmelo ni por un instante, eran los pies del hombre que me enseñó la puerta de la felicidad aun sin saber el que lo hacía.
sábado, 7 de julio de 2012
Como convencí a vuestra madre. Parte II
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario