sábado, 23 de noviembre de 2013

Lluvia seca.

Desde hacía un tiempo, las palabras que escribía eran forzadas, se tomaba la escritura como un trabajo, una obligación, y no como lo que de verdad era; un placer del cual solo quien era capaz de apreciarlo de verdad, conseguía escribir alguna que otra frase que le ayudase a tomar oxígeno para no ahogarse en el mar de gotas que colma el alma.

Sin darse cuenta, le entraron unas ganas inmensas por transformar sus pensamientos, y así, con algo de música de fondo, comenzó a crear historias que salían de sus entrañas. Las palabras se superponían unas sobre otras, necesitaba tanto expresarse, y tenía tantas ansias por volver a escribir algo bueno, que despojaba de sentido a sus frases, desnudando así sus esbozos.
De nuevo, se apoderó de él la frustración por no poder aprovechar la suerte que tenía en ese momento, pues como escritor sufridor y padre de versos interiores, no conseguía transformar en rocío la tinta que lloraba desde su bolígrafo. Surcaban por sus venas las mejores sensaciones y desembocaba en sus relatos, el río de inspiración que salía de su tristeza. Tal era la marejada de sentimientos retenida en sus adentros ese instante, que se ahogaba cualquier palabra que deseaba llegar a tierra firme. Morían soñadoras aquellas quienes, por un instante, desearon vivir en su folio, descansando así en paz. 

Quién sabe si tal vez, intentando proteger así el alma del poeta, sus palabras callaban el sufrimiento que acumulaba, para no gritar al mundo, que las penas traerían alegría, pues alegría era escribir para él. 
Salvando al resto, de la búsqueda de un sufrimiento inexistente, de un espejismo en el que nacen palabras, de un ansia por disfrazar de inspiración a cualquier golpe de la vida.

Al fin lo comprendió todo, recordando una frase que dormía en su memoria:
"No es propósito de nuestra pluma o nuestra mente, sino hija fugaz de nuestras pasiones, la literatura"

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