Interpretamos lo que vemos de una manera increíble, porque me creo que seamos capaces de ver todo lo que nos rodea, pero nadie se cree, que podamos darnos cuenta de todo lo que vemos.
Somos ciegos porque nos lo podemos permitir, pura voluntad propia la que ata el nudo de la venda, que nos esconde lo que no interesa encontrar. Sobra decir, que esa venda, no está sujeta a nuestra cabeza, sino a nuestra alma, capaz de ver lo que quiera cuando quiera, la misma que igual se pone la venda y no nos hace darnos cuenta de lo que realmente pasa, o que luego hace que te imagines una señal de interés hacia uno mismo, cuando solo debemos ver una sonrisa y una mirada que se cruzan en el tranvía de forma afortunada, simple casualidad que nos gustaría que fuese algo más, y que tanto como nos gustaría a nosotros, le gustaría a nuestra alma, porque al fin y al cabo, seas quien seas, seas lo que seas, el egoísmo de todo lo que tenga uso de corazón, le cegará tanto como se lo pueda permitir para abrir bien los ojos.
El ego, qué cosa...
ResponderEliminar"[...] Ya me había trompeado en el colegio y peleaba muy bien, de chico mi hermano me enseñó a usar los pies y la cabeza. "El que se aloca está muerto, me decía. Pelear a la bruta sólo sirve si eres muy fuerte y puedes arrinconar al enemigo para quebrarle la guardia de una andanada. Si no, perjudica. Uno se aburre, desaparece la cólera y al poco rato estás con ganas de terminar. Entonces, si el otro es cuco y te ha estado midiendo, aprovecha y te carga". Mi hermano me enseñó a deprimir a los que pelean a la bruta, a agotarlos y a tenerlos a raya con los pies, hasta que se descuidan y le dan chance a uno de cogerles la camisa y clavarles un cabezazo. Mi hermano me enseñó también a manejar la cabeza a la chalaca, no con la frente ni con el cráneo, sino con el hueso que hay donde comienzan los pelos, que es durísimo, y bajar las manos en el momento de dar el cabezazo para evitar que el otro levante la rodilla y me hunda el estómago. "No hay como el cabezazo, decía mi hermano; basta uno bien puesto para aturdir al enemigo" [...]".
La ciudad y los perros - Mario Vargas Llosa